Nosotros y nuestra alma. Y como dice Punset reside en nuestra cabeza, en nuestro cerebro de bobos soñadores. Y si esto dice, supongo, puede ser verdad.
Porque lo que nos une a nuestros actos no sólo somos nosotros. Lo que nos une a nuestros actos, la grapa que nos aprisiona, sólo es una parte del yo que resplandece haciendo. Porque lo que de verdad somos está escondido en esa alma cerebral que nos acecha.
Si el amor sólo fuera cabeza no sería poeta, diría el soñador adormilado.
Porque las tripas se descoyuntan y se hacen bilis con la espera. Porque el amor y la espera son cosas que nunca se llevaron del todo bien.
Y el dolor? También es cabeza, diría el científico.
Y el sabor, y el tacto, y el roce acompasado con un rock and roll suave.
Si supiéramos esperar y amar al mismo tiempo. Entonces, ¿y el dolor?.
El dolor también es cabeza.
Poco sitio quedará pues a la poesía de las cabezas. Y yo que creía que la hacía con la bilis de mi mal humor, de mi traje negro y mi levita descolorida. Y yo que creía que era alma y no soy.
Huyamos del nosotros, del yo. Convirtiéndonos en el tú, en el mañana.
Aún nos queda camino por andar y recorrer. Aún nos queda muchas cosas que vivir, y que amar. Nos quedan por hacer tantas cosas, juntos, todavía, mientras la espera no nos confunda y nos lleve por caminos opuestos.
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