Analicemos pues, compañeros, la figura del "cultureta".
Hace años que dejamos la universidad. Sus paisajes humanos. Los canutos en el césped de San Francisco. San Pepe, las cerraduras. Paco en el único bar que tenía facultad incorporada. Los jueves del casco. Los viernes de resaca. Los exámenes en la dos, y el tranvía iluminado.
Y también hace años que no son las mismas caras. Aquella morena soriana, de ojazos tristes y claros. O aquel bandoleo despampanante del paso del ecuador. Y las amigas de entonces, hoy templadas en mil batallas de hogares y de parajes olvidados.
A mi se me quedaron grabadas las caras de algunos ineptos, hechos a la facultad, y a sus tejemanejes absurdos, hipócritas, de lameteo interminable.
Siempre llevaban un libro en la mano. Paseaban los libros, como el chico que pasea a su perro cogido por el collar y recoge la mierda con una bolsa de plástico. Afeitados. Impolutos. Creídos de no se qué poder. Nunca les vi ojeando el Marca en la cafetería. Ni pidiendo un carajillo de Terry. Ni absorbiendo las horas viendo pasar a las pijas de derecho. Ni aprovechando las horas muertas fumando un bisonte en la puerta de alguna clase desvencijada.
Leían autores que nos importaban un huevo. Dirimían su simpleza social pasando las horas en bibliotecas hoy caídas. Buscaban becas debajo de las piedras.
Veían insoportables películas de un tipo menudo que no sabe tocar el clarinete y que acabó tirándose a su hija. Sabían idiomas, o eso decían. Y no había nada más mejor que ver películas subtituladas (dónde vas a parar). Escuchaban música clásica.
Y preparaban su futuro como un político de los malos. Traicionando. Matando intelectualmente al que se ponía por delante. Rogaban matrículas en despachos de gente mediocre. Preguntaban sandeces y suspiraban. Imbéciles de mil calibres que eran capaces de rebajarse para ganarse una plaza de puteado.
Tuve algunos amigos así. Supongo que todavía los tendré. Incluso los apreciaré, que para eso son mis amigos. No soy quién para juzgar a nadie. Sigo siendo un mediocre con aspecto de intelectual trasnochado. Pero son aquellos los que, desde su mediocridad, educarán a nuestros hijos, puestos a base de convertirse en perros falderos, en una urna de cristal llamada Universidad.
Que les vaya bonito. Que disfruten. Que lean en inglés, en francés y en vasco. Que escriban libros a los catedráticos y sus camadas. Que luego se conviertan en los mismos catedráticos que odiamos, y que la paz reine sobre la faz de la tierra.
Salud, y dignidad.
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Autor: Emilio Bo Sierra
Fecha: 28/01/2008 19:49.
Autor: Ernesto Jartillo y cía
Fecha: 29/01/2008 14:27.
Autor: Emilio Bo Sierra
Fecha: 30/01/2008 18:21.
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