Escribíamos hace algunos días sobre la memoria de los peces, sobre cómo la rapiña busca siempre al que se cae, al que levanta la voz, al pájaro que pía contra corriente, aquellos que huyen del rebaño absurdo de la mediocridad y la parsimonia.
Queremos reivindicar nuestra anormalidad. La contraculturalidad que todos llevamos dentro y que en un periodo de crisis como el que estamos viviendo deberíamos de sacar a la luz.
No discuto que lo sencillo, lo que muchos aspiran, es seguir la baba social como un caracol. Poner las antenas pegadas al culo de la oruga y andar donde va Vicente. A veces quiero entenderlo. Incluso lo entiendo. El acomodo causa menor problema. La bilis social se externaliza con lo instituido de la gente. Y la derrota del anormal se intuye desde que abandona el reguero.
Pero hay que apostar por dejar de ser normales. Quizás habría que definir antes qué es ser normal, no lo discuto, pero lo dejo a su elección. Lo normal, como lo verdadero y lo falso, nunca ha existido. O, si existe, es una construcción suya y mía.
En realidad nadie es normal o anormal, pero dentro de esas categorías absurdas, todos sabemos que lo normal es no meterse en problemas, comprar la ropa de moda, ver las películas que todos ven... Normal es ser del Madrid o del Barcelona. Normal es derechas o izquierdas. Normal es casarse y tener niños. Normal es hipotecarse y pagar al banco. Normal es escribir poco y no meterse con las rapaces que nos acechan...
Hacer cosas normales es una mierda. Apostemos por la Anormalidad.
Yo quiero ser anormal. ¿Y tú?
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