OTOÑO, los ciudadanos invaden el bosque
Nuestro buen amigo Angel Marco Barea, de Teruel, nos envia este artículo.
Estos días en que los pinares se llenan de coches en busca de rebollones, uno es participe de esa sensación de hijo díscolo que acude a recoger la herencia a casa del padre, sin sentimientos sobre la historia de la familia en la construcción de la hacienda, sin vínculos con la tierra en la que han vivido varias generaciones que han hecho posible el patrimonio..
A la llamada de las setas descubrimos la naturaleza y acudimos a ella en busca de esa paz y silencio alejada de las ciudades y presente en los bosques, obviando los impactos de nuestra presencia, accediendo hasta los últimos rincones del bosque con vehículos movidos con motor de explosión alimentados por gasolina, olvidando bolsas de basura y botellas de plástico, arrasando sin escrúpulos las setas que echamos a la cesta y aquellas que ignoradas sus propiedades pataleamos hasta dejar destrozada y borrada la huella de la estructura de un bosque, que sobre todo ofrece biodiversidad, esa gran variedad de formas de vida con los que compartimos estos momentos del Planeta.
Retornamos a nuestros orígenes de cazadores-recolectores, que aún brota en nuestros genes, desde una conducta urbana acostumbrada a pautas de comportamiento regidas por la normativa humana, en muchas ocasiones alejadas del sentido común. Esa Naturaleza salvaje que nos atrae y a la que acudimos, no somos capaces de respetarla y saborearla en un comportamiento de disfrutar de ella. Por el contrario, como en tantas facetas de este modelo socioeconómico "del primer mundo", pretendemos no solo expoliarla sino incluso especular con ella.
Y un año más, recogidos los frutos volveremos a olvidar esos espacios libres, que tantas satisfacciones nos dan y que somos incapaces de valorar. Como el hijo díscolo que, recibida la herencia, abandona el lugar, las gentes y el modelo de vida de donde procede y a quien debe su lugar en la vida. Encontraremos justificaciones para que un valle se inunde por un pantano, las crestas de las sierras se pueblen de aerogeneradores eléctricos, las autovías atravieses los últimos reductos de vida salvaje, el crecimiento urbano no encuentre límites en su avance, por que nuestro "progreso" no puede frenarse, ¡pondríamos en peligro el crecimiento económico!. Seguimos sin entender ese bienestar recobrado al pasear por el bosque.
Angel Marco Barea
Teruel
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