ERNESTO JARTILLO... los cimientos grotescos

¿Nunca les ha ocurrido que, en una noche de tertulia, tras la nebulosa de un bar con ruidos, atracciones, impulsos, movimientos... les ha inquietado realmente qué sucedía a su alrededor?

Todos tenemos a un analista dentro. A un sociólogo en potencia. Lejos del hipócrita convencimiento de que se necesita un papel para convencernos de qué coño somos, somos capaces de asegurar que sólo observando, participando de tu sociedad y descubriendo cómo suceden las cosas, estamos investigando, aspirando a contribuir, al menos al estudio.

Así pues, todos somos, tu eres, yo soy... Ernesto Jartillo.
...
Nació en Hornachos, provincia de Badajoz, a comienzos del siglo XX, viajó y trabajó por media Europa. Investigó y escribió en su cuaderno de azul cielo con su boli de algodón de azucar.

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SOCIALIZACIÓN DE LA VIOLENCIA

20070620191104-8.jpgEl proceso de socialización, mediante el cual lo instituido, las administraciones y la sociedad nos incluye, a base de dura terapia socializadora (colegios, salud, iglesias, convenciones sociales...), en lo que podríamos denominar como sociedad normalizada, es un aspecto violento y represivo, condición inherente al ser humano.

 

La socialización, como en toda las sociedades, cambia de parámetros y de métodos para llevar a cabo sus cometidos.

 

En lo que al proceso se refiere, dista mucho las formas que se empleaban en los años 80 a las de ahora. Algunos contertulios de Ernesto Jartillo dicen que tiene parte de culpa la globalización, la televisión, las películas americanas, la judicialización y las miles de leyes y decretos... Parece ser que hoy en día todos somos más abogados que personas y, poco a poco, los modelos americanos socializadores se van imponiendo, aunque subsiste con fuerza un contrarresto a esto basado en la cultura mediterránea, abierta, amistosa pero, porque no decirlo también, violenta y cruel en ocasiones.

 

Cuando los que ahora cuentan con treinta o cuarenta años se enfrentaban a la sociedad y a su socialización, aprendían, sobre todo en lo que respecta al medio rural, a través de jerarquías. Estas jerarquías utilizaban muchas veces métodos violentos de socialización. Los mayores te dejaban jugar en las pistas o en la plaza mientras ellos querían. "Algo habrás hecho"- decían tus padres si el maestro te pegaba unas collejas. Por cietar sólo unos ejemplos.

 

Hoy en día todo son derechos y leyes. Y si bien hemos mejorado restando violencia en algunas relaciones, cuando esta se genera puede alcanzar límites que quizás antes estaban más autocontrolados.

 

El Patrimonio de la violencia, en las democracias occidentales, es del Estado. El estado ejerce la violencia cuando cree necesario utilizarla. Socializa a golpe de porra, como lo ha hecho siempre, desde hace siglos. Todos tenemos un miedo atroz por la violencia, que genera inestabilidad y es utilizada por los partidos políticos para jugar con la gente (el consabido concepto de "inseguridad ciudadana").

 

Al patrimonializar el Estado la violencia, la sociedad necesitó en la modernidad una nueva forma de violencia. Violencia controlada. Violencia legislada. Pero violencia al fin y al cabo. Una válvula de escape que controlara los impulsos de las gentes, aquella violencia con la cual siempre, habíamos convivido.

 

Pero no sólo es patrimonio de la modernidad. Desde los grandes imperios, como el romano, ya se apostaba por el "pan y circo" que, salvando las distancias, ofrecía un espectáculo violento a las gentes del imperio o, más bien, a los ciudadanos de Roma.

 

En nuestro mundo este espectáculo violento es sin duda el Deporte. Como hemos dicho, deporte legislado, con violencia controlada. Pero es un acto que hay que ganar, una actividad competitiva en la cual lo importante es ganar, que gane tu equipo y liberar tus tensiones con unos colores y una creación identitaria que une a miles, millones de personas.

 

Es muy complicado que en los deportes de masas no ocurran actos violentos. Yo diría que imposible. No puedes dar peras al olmo.

 

Esta cultura violenta del ganar por ganar se concibe también en las casas y en la educación que los padres dan a los hijos.

 

A un padre le gustaría que su hijo fuera famoso y vuelca sus deseos reprimidos en su hijo, queriendo haga lo que él nunca hizo, intentando transformar su identidad y sus decisiones. Cuando un padre tiene un hijo deportista trata de que se convierta en un ídolo, en una persona reconocida socialmente pero, para lograr un reconocimiento social y deportivo, la violencia social es ejercida desde el comienzo, pues la competitividad es violenta por naturaleza.


A ningún experto en medicina se le puede escapar que hacer deporte de alto nivel es más insano que otra cosa. Llevar al límite los cuerpos y, porqué no decirlo, doparse , utilizar técnicas de dudosa reputación, para ganar, por encima de todo, ganar...

 

La violencia instituyente siempre surge  en los actos deportivos. Emana casi sin querer, transforma mentalidades tranquilas, pone al límite a las personas...

 

Entonces surge la postura humana, la que nace de nuestro interior, fisiológico quizás, la cultura del deporte, de la birra, y del voceras...

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