
Imaginen un político. ¿Cuál sería su contestación si yo les preguntará algunos rasgos internos y externos de lo que entendemos como un político?
Seguramente contestarían que se imaginan una persona con traje y corbata; que come de gorra (según su cargo); que habla más o menos bien; que representa a unas siglas aunque no tenga porque representar a sus votantes; que se relaciona con mucha gente de distintos sectores; que tiene una mano izquierda para pactar; que es o no un cacique y un dictador; que le gusta mucho la alcachofa (el micrófono)....
Pero políticos hay muchos, y todos son de su padre y de su madre. Aunque quizás sea esta una profesión que, además de denostada, sea uno de los triunfos más bestias de lo instituido sobre la personalidad de las gentes.
Los políticos, en general, como un enjambre silencioso, son expertos en cortar por lo sano cualquier movimiento instituyente. Enseguida "captan", o neutralizan los movimientos sociales y las personas inquietas para aprovechar esos recursos instituyentes, convertirlos en instituidos y generar así masa crítica en su propia estructura. Masa crítica servil, eso si.
Es difícil imaginarse a un político sabio, a un político que encontrara en el mundo del arte, de la creación, su eje de trabajo principal. Pero, ¿realmente sería posible?
Por otra parte, deberíamos de hacernos la misma pregunta que nos hemos hecho con el político. Si imaginásemos a un artista, ¿cómo nos lo imaginaríamos?
Independientemente de cómo lo hiciéramos, el modelo tópico de artista que he conocido en mis pocas aproximaciones al gremio es un modelo que no se ajusta con el modelo social de artista que quizás querríamos.
En general el creador es un tipo solitario, elitista y que huye de los movimientos sociales salvo que su arte y su parte estén salvaguardadas de la quema.
Nos olvidamos sin duda de la labor creadora, en la cual la creación debe de estar por encima del creador, en la cual los artistas deberían ser más sociales y menos clasistas.
La progre trasnochada, aunque sea un término despectivo de la derecha hacia un determinado tipo de artistas e intelectuales, bien podría servirnos para definir algunos movimientos artísticos o artistas individuales que en la actualidad inundan galerías, periódicos, exposiciones, novelas...
La cultura anglosajona de valorar lo individual por encima de todo, del dinero fácil y del falso compromiso, o compromiso hipócrita y con poco fundamento lo inunda todo.
Decía Manu Chao en unas declaraciones de hace unos meses que un artista comprometido ya no puede sólo escribir una letra y cantarla sin más. La cosa es más jodida. Un compromiso requiere acción. Y toda acción requiere plantearse cuánto podemos aguantar de la reacción.
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Nos encontramos pues dos versiones actuales o dos imaginarios, el del Artista y el del Político. El elitismo y la creación y el populismo y la pragmática del poder.
¿Es posible un político artista?
El elitismo es la filosofía del zoquete. El clasismo es la amargura del zoquete. El dinero es el opio del zoquete. Desgraciadamente el mundo es elitista y quiere serlo, aunque haya reacciones en contra. Se multiplican los grupos sociales con la complejidad de nuestro siglo XXI pero se dividen ante todo por el dinero, por el poder, por la influencia de intelectuales y políticos trasnochados.
¿Es posible un político artista?
Pues no se si es posible o si podrían hablar el mismo lenguaje. Incluso no se si valdría la pena que existiese.
Lo que si que intuyo es que, si no existe el político artista, social y ecológicamente comprometido no nos queda otro remedio que, simple y llanamente, inventarlo.
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