Conozco a un amigo que, a los once o doce años, un buen día, con esa tontería tan clasista de los padres de que para que progresara su hijo lo tenían que llevar fuera, lo cogieron y le dijeron que tenía que irse a un colegio de curas a estudiar a Zaragoza.
¡Manda huevos!. Sugirió mi amigo. Con lo que se jura en mi familia y ahora, para ser alguien, resulta que tengo que ser católico, romano... y alabardero.
Este amigo mío, inestable, sincero y conversador, expone algunas teorías sobre lo rural y lo urbano entendiendo que ha conocido los dos ambientes lo suficiente como para tener una opinión lo suficientemente clara y justificada.
En los años 80 y principios de los 90, la mentalidad rural continuaba la inercia de las últimas décadas. Lo rural era un concepto sociológico devaluado. A los estudiantes nos mandaban lejos para intentar que nunca volviéramos. El pueblo no ofrecía cosa alguna, ¿o si?.
Lo rural siempre ha estado relacionado con lo agrario. Se entiende todavía, desde el punto de vista urbanita, que todo lo rural se relaciona con el mundo del sector primario. Hoy en día, un escaso porcentaje del medio rural trabaja en dicho sector, pero los medios de prensa y el pensamiento urbano continúa dando esa imagen agraria del mundo rural. Pero no una imagen agraria sin más, sino una imagen, muchas veces, que duele al mundo rural, catalogado como un lugar trágico, despoblado y sin iniciativa, con pocos servicios.
Mucho hemos avanzado en las últimas dos décadas en este sentido. Habría que dudar mucho de si tenemos o no más servicios o si los servicios, según la población, tienen más o menos calidad que en el pueblo.
Una tendencia de los últimos años, la neo-ruralidad, la vuelta al pueblo en una búsqueda de calidad de vida, de naturaleza y de precios urbanísticos más bajos, está creciendo día a día. Muchas comarcas en estado crítico están aumentando poco a poco su población o, al menos, manteniéndose, cosa que antes no ocurría.
Y estas nuevas situaciones convierten a la sociedad rural en una nueva sociedad, que en muchos casos, salvo por la cercanía de la naturaleza y la agrariedad, no conoce en absoluto la vida de nuestras gentes agrarias de hace sólo unas décadas.
Del mismo modo, ¿qué me dicen de estos barrios obreros de las grandes capitales, como Zaragoza?. En dichos barrios, muchas familias miden el tiempo de la semana entre lo que va de estar en el pueblo el fin de semana a volver al pueblo el fin de semana siguiente.
¿Qué queremos decir con esto?. Pues muy sencillo. La distinción o los límites entre lo urbano y lo rural se han difuminado tanto en los últimos años que hoy en día es complicado, salvo en zonas más aisladas o más agrarias, hacer una distinción tan rotunda como hace sólo unas décadas.
Los fenómenos de "vuelta al pueblo" no entran en el comentario de este artículo. Pero es importante nombrarlo porque, si bien la distinción urbano-rural se difumina en las nieblas de la globalización cada día más, todavía hay un sentimiento identitario de pertenencia al pueblo que hace surgir lo instituyente rural olvidado ya por las nuevas generaciones.
Esta hibridación es una hibridación donde las dos posturas no están en los mismos niveles de poder. Lo urbano, predominante en el discurso globalizado, ataca con violencia las posturas sociales, de relación y grupales del medio rural. Todavía subsiste esta vertiente de rural del barrio, de la familia, de la peña, la cultura del bar tan mediterránea y abierta. Pero las grandes extensiones periurbanas, los movimientos sociales y la mejora de los transportes hacen perder identidades a los pueblos, identidades de pertenencia.
Quizás estas pequeñas diferencias, relativas a las relaciones sociales, más intensas en los pueblos, estén en grave peligro de desaparición. La globalización hace caer a las tradiciones en un tipo de fosilización a través del cual pierden el fondo, guardando sólo la forma. Y aunque sirven, y mucho, para interrelacionar a la comunidad, mucho de nosotros se queda en el camino. La urbanización-globalización sume en una especie de potencial en materias primas y en terreno (léase especulación) a las comunidades rurales.
Somos guardas de un paisaje, de un estilo de vida y de unas tradiciones y patrimonio para que sean disfrutadas por los residentes en la ciudad. Así está montado el tinglado, sólo subsistimos, en algunos casos, para que los urbanitas disfruten y mantengan la tan odiosa frase de "con lo bien que se vive en el pueblo".
Volveremos al pueblo. Volveremos a la ciudad en algún que otro artículo.
Mientras tanto:
"LO rural ha muerto... ¡Viva lo Rural!"
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Autor: David Castillo
Fecha: 13/12/2007 12:54.
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