ERNESTO JARTILLO... los cimientos grotescos

¿Nunca les ha ocurrido que, en una noche de tertulia, tras la nebulosa de un bar con ruidos, atracciones, impulsos, movimientos... les ha inquietado realmente qué sucedía a su alrededor?

Todos tenemos a un analista dentro. A un sociólogo en potencia. Lejos del hipócrita convencimiento de que se necesita un papel para convencernos de qué coño somos, somos capaces de asegurar que sólo observando, participando de tu sociedad y descubriendo cómo suceden las cosas, estamos investigando, aspirando a contribuir, al menos al estudio.

Así pues, todos somos, tu eres, yo soy... Ernesto Jartillo.
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Nació en Hornachos, provincia de Badajoz, a comienzos del siglo XX, viajó y trabajó por media Europa. Investigó y escribió en su cuaderno de azul cielo con su boli de algodón de azucar.

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MIMICRY ETÍLICO

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Toda nuestra existencia, hermanos, primos y enemigos, se resume en una continua violencia hacia la libertad de ser propios, independientes, ajenos o grandes personajes...

 

Todo se resume en una represión violenta. Al igual que antes al zurdo le obligaban "por la ley del golpe", a escribir con la derecha. A todos nos obligan a caminar por el sendero de la democracia, del capitalismo, de la monarquía constitucional, de la globalización y la política, de......

 

Hacemos el teatro instituido de lo que nos dicen. Somos comparsas del papel que nos dice la sociedad. Vuelvo a recordar las grandes películas surrealistas españolas, donde cada uno tiene su lugar, su tópico, astracanada virtual de lo que en realidad somos: actores de escenario.

 

Nosotros queremos disfrazarnos, vernos en un espejo deformado, como aquel que Valle Inclán quería reflejar en el Callejón de los Gatos. Hacemos el ritual de la astracanada, el ritual de una sociedad fecunda reprimida y concentrada en lugares sociales, en una cárcel social en las cuales tenernos controlados.

 

Nos convertimos en sociólogos de noche, en mirones de lo social, hasta convertirnos en vértigo, hasta querer quebrar la percepción ordinaria de lo que somos. Y, sin embargo, no nos damos cuenta que, lo único que hacemos, tristes de nosotros, es multiplicar nuestra surrealidad vital por cien.

 

El vestido a todos nos trasparenta, somos absurdas novelas inacabadas que creen tener en sus razones el poder contra la violencia de nuestro entorno atroz.

 

Al menos nos convertimos, desde el punto de vista surreal, en la visión onírica de lo que quisiéramos verter en el vaso amargo del grupo. Por un momento somos ácratas con voz, palabra, e intuición.

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